Barcelona Cultura
2018-12-16 07:19:54

Cròniques

Populisming
Debate sobre populismo, ese palabro que aparece cada día en la prensa, una presión que no aguanta ni Isabel Preysler

José María Lassalle, Máriam Martínez-Bascuñán y Fernando Vallespín durante la bienal del pensamiento Ciutat oberta.
Foto: THOMAS VILHELM
Text: GUILLEM MARTÍNEZ
 

POPULISMO. A toda castaña hacia las cotxeres de Sants. Las cotxeres de etc. son un garaje de tranvías, de cuando había garajes y tranvías y que, como su nombre indica, está en Sants. El acto tendría que ser en la calle. Pero amenaza lluvia, por lo que la cosa se ha puesto indoor. Ahora que lo pienso, estas crónicas tienen esta estructura: a) explicación del barrio hacia el que voy, con cierto juego de piernas, b) situación de la problemática sobre la que trata el acto, y c) resumen del acto. Pero, lamentablemente, el acto de hoy es en el mismo barrio que el de ayer, por lo que tengo que inventarme algo rápido. Brrrrr. Ya lo tengo. Cambien de párrafo y denme 5 segundos mientras lo escribo.

AHORA SÍ, EL POPULISMO. En 1842 –se dice rápido– se produjo el primer levantamiento republicano en BCN. Unos obreros venían de una merendola y, en la puerta de la muralla, unos soldados les chulearon. Se armó pollo. La milicia nacional se alinea con los obreros. Al día siguiente, el Ejército sale a la calle. Le dan para el pelo. Mueren unos 600 soldados. La revolución gana por KO. O eso parece. Se declara el Estado catalán, como siempre en el XIX. Reversible si el resto del territorio se pone las pilas. Se forma una Junta revolucionaria, integrada por los fabricantes de siempre. En eso, el capitán general, que ha conseguido huir, se instala en Montjuïc, el Piolín del siglo XIX. Que si no paran, bombardeará la ciudad, dice. Las clases populares organizan un ejército, la Patuleya –van con una sartén atada al pecho, como coraza–, mientras las élites/la Junta revolucionaria intenta pactar lo que sea con el capitán general. Y rapidito. Finalmente, la Junta se raja por todo lo alto. Abandona la ciudad, disfrazada para que no le den para el pelo. Se forma una nueva Junta que, esta vez, en un ataque de realismo, se llama Junta de desesperats/desesperados. Como ya no quedan líderes, se hace con el cotarro Crispín Gavina, un vendedor de cerillas hasta esa mañana pero, desde ese momento, un gran ideólogo. Decreta la movilización de todos los hombres mayores de 16 años, y les hace cavar zanjas. Instaura la pena de muerte para los que no lo hagan, o lo hagan con desidia. El capitán general bombardea BCN. Durante doce horas. Más de mil bombas. Poco, si se piensa que Prim la bombardeará al año siguiente con 12.000 proyectiles. Todo acaba mal. O incluso de manera peor que en la situación inicial. Se especula con que uno de los motores de aquella revuelta era el hambre. Bueno. República/democracia, voluntad de ejercer la opinión truncada, conflicto, élites que no están a la altura, desesperados, nuevos líderes que venden cerillas, hambre, brutalidad del Estado, ausencia de cambios. Puede ser un resumen de la historia perpetua de BCN. O, como mínimo, de 2017. Igual no es mucho, pero es la historieta que tenía más a mano para entrar en el tema de la charla de hoy, que tiene como título: Populismes: contra el poder instituit. 

Intervienen: Máriam Martínez-Bascuñán –de la facultad de Ciencias Políticas de la UAM; como todos los Martínez, habla bajito; mola–; Fernando Vallespín –catedrático de Ciencias Políticas en la UAM–, y José María Lassalle –ex secretario de Estado de Cultura y ex secretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Política; es una rara avis; militante del PP, forma, él sólo, el sector liberal; ya saben, una tradición sexy e inexistente en España; rayos, es la primera vez que escribo sexy y PP en la misma línea; Lassalle, en todo caso, participa de esa tradición de mirar el Estado con cara de póquer con, diría en su caso, poderío cultural y recursos. 

Modera la cosa Josep Ramoneda; ha dirigido el CCCB, ha sido presi del Institut de la Recherche et de l'Innovation y es un dilatado escritor de opinión en BCN, esa ciudad fundada por Augusto. Público: personas de todas las edades, Ada Colau y la ministra de Cultura de Costa Rica, me dicen. El otro día, por cierto, un amigote me dijo que Ciutat Oberta es el Sónar del Pensamiento. Lo que me parece acertado. Ambos eventos explican que la trascendencia está en la recepción, que una época son sonidos, por lo que también pueden ser palabras, y que lo trascendente es inabarcable y móvil. Puede estar en una plaza. Rayos, les dejo, que empieza la cosa.

LA COSA. Ramoneda empieza fijando la ausencia de fijación del concepto populista. Al fin y al cabo, el populismo se parece mucho al no populismo, a la normalidad política. Máriam Martínez alude a la sobreexposición del término. El populismo, vamos, aparece cada día en la prensa, una presión que no aguanta ni Isabel Preysler. Alude a la falta de buenas definiciones y, aludiendo a las autodefiniciones, habla del carácter nebuloso del concepto pueblo, esa cosa tan poco uniforme. Dibuja dicotomías habidas en la democracia, como la que integra liberalismo-comunismo, o liberalismo-comunitarismo, e inserta, en el momento actual, la dicotomía liberalismo-populismo. Lassalle: “La institucionalidad política es un producto que tiene que ver con el colapso de la modernidad”. Ese colapso supone el fin del periodo de realidad iniciado tras la II Guerra Mundial. El populismo, así, responde a ese malestar en política. Vallespín razona que el populismo nace porque se le quita poder al pueblo, de ahí el nombre. El populismo dibuja una crisis de soberanía y de representación, la ruptura de un pacto, y un cambio social y de época. De sociedad de masas se ha pasado a sociedad de enjambres. Sitúa a Trump y a Macron en el trade.mark populismo, y le da más alas en los sistema presidencialistas que en los parlamentarios.

SEGUNDA VUELTA. En una segunda vuelta de palabra, Martínez, jefa de Opinión de El País, reivindica el optimismo. “Estamos viviendo una politización de Europa”, lo que lleva a la discusión de diversos modelos, que enumera. “En el sur hay un modelo ibérico, un modelo italiano, uno liberal, el de Macron, y un modelo ultra, que quiere subvertir el modelo europeo”. Lassalle es más pesimista: “La democracia evoluciona hacia una democracia populista”, “el algoritmo democrático, tal y como fue diseñado, no puede procesar los datos que recibe. Es difícil establecer mayorías. La capacidad de respuesta gubernamental no está a la altura”. Dice algo importante/en la línea de las castañas que me gustan: “Antes” –en la realidad posterior a la II Guerra Mundial, entiendo– “no existía el tiempo real”. Ahora, todo el problema, su formulación, su gestión, su solución es en tiempo real. Eso conduce a la vida como negociación continuada: “La negociación de la vivencia no sólo es política. Es en casa, en el trabajo, en la calle”.

Y Lassalle concluye: “El populismo se ve en Europa, pero se está materializando en Estados Unidos, es una revolución en torno al supremacismo del hombre blanco”. “Las minorías amenazadas, en fin, constituyen el cesarismo”.

MAÑANA, MÁS. Creo que ya lo dije, pero mañana, más. 

 

dijous 18 octubre 2018